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La Última Luz de Berenice

  • Foto del escritor: Greta Williams
    Greta Williams
  • 25 mar
  • 10 Min. de lectura

De madrugada, y aún con la oscuridad que caracteriza el invierno, pienso —¡Rápido, rápido! Solo camina sin mirar atrás—. Ya perdí la cuenta de las veces que me he repetido la misma frase como una canción dedicada a mi escaso vínculo con mi instinto de sobrevivencia. Es triste porque en el fondo no sé si quiero llegar. No sé si quiero apurar el paso. Tal vez sería mejor desacelerar o detenerme, y que el destino se encargue de hacer lo que yo no me atrevo y muchas veces he deseado.

Mi mente se desvía por un momento de la incesante obsesión de que llegue el final, para preguntarme si quedará leña para encender la vieja y deteriorada chimenea de mi rincón, una chimenea que por más leña que tenga no calienta lo suficiente.

Tengo mucho frío. Es tanto el hielo y la niebla que abraza la ciudad sobre todo en esta época, que casi no puedo moverme. Ese hielo que se fusiona con el frío eterno que no termina, ese que viene de mi interior y donde ya no alcanza ni la leña de todo un bosque para calmarlo.

Ya en la pequeña habitación del albergue que alquilo hace poco más de un año, y al que llamo hogar, pienso que estoy a salvo una vez más para continuar con el dolor de respirar. Lo bueno es que logré reunir unas monedas con las que calmaré el hambre hasta mañana.

Al encender la chimenea siento un poco de alivio, aunque el verdadero frío nunca se vaya, y aunque la niebla de los recuerdos y de mi presente existencia, oscurecen aún más las paredes sucias y agrietadas de la pequeña habitación. Y ahí vienen… se asoman a la luz del calor, lo que parece el brillo de unas luciérnagas, las que sutílmente podrían ser mi luz al final del túnel, brillantes, amarillas y parpadeantes, capaces de atravesar la materia y ver directamente dentro del alma. Mis guardianes de la noche, esas trampas anti plagas que respiran y al mismo tiempo dan un sosiego espiritual. Maúllan, debe ser por hambre, pero prefiero pensar que es la gracia de verme llegar una vez más.

—¿Y ahora qué?— pienso acostada en mi viejo catre —¿dormir, aunque no tenga sueño?— Aun así creo que es mejor eso a estar consciente. Dicen que dormir es lo más similar a la muerte —¿Por qué nací mujer?— es una pregunta que hago con dolor , ya que es la causante de no poder estar en un mejor lugar. Sin saber leer, y no poder optar a un trabajo digno, encima debo soportar la amistad de una soledad que no es bienvenida. Ahora entiendo la mirada fría de mi padre, la única mirada que un hombre de bien podría dar a una maldición, a un castigo que no creía merecer, causante de la pérdida de un linaje desgastado, de un prestigio cuyo único sostén era un apellido de sangre azul vacío y sin valor. 

Mi padre era médico, no tenía muchos pacientes, pero atendía a ciertos amigos más cercanos y de confianza en la casa, pues no tenía una consulta propia. Recuerdo a mi madre, preocupada de su familia y de las apariencias, y de convertir a su única hija en el modelo londinense victoriano de una correcta muñeca de porcelana decorativa. —Berenice, siéntate derecha, sonríe y no hables si no te hablan primero, cuando te conviertas en esposa, recuerda que el hombre provee, él manda en la casa y tiene derecho a hacer y decidir lo que quiera—, me decía. Yo con inocencia le preguntaba —¿Entonces la mujer no opina?—. —Pues no— respondía mi madre tajante. Me miraba con melancolía, tal vez queriendo responder otra cosa, pero solo se limitaba a decir —la mujer si quiere tener un buen matrimonio debe ser prudente, agachar la cabeza y aguantar—.  

A pesar de sus palabras, el recuerdo más nítido que tengo de mi madre, es que siempre estaba ausente. Si no estaba atendiendo a mi padre, estaba en su habitación descansando, o en el jardín observando las flores con la mirada perdida. A veces le hablaba pero no me escuchaba ni me miraba, parecía estar en una constante hipnosis de la que no podía o tal vez no quería salir. —¡Mira mamá, puedo dar vueltas sin caer!, ¡puedo dar saltos como las bailarinas!—. No importaba lo que dijera, jamás me miraba si no era para criticar o corregir algo. 

Nunca escuché discusiones entre mis padres, pero podría dar fé, que la melancolía de mi madre no era algo propio de ella, sino más bien de la relación poco afectiva entre ellos. Recuerdo que un día me quise escabullir a escondidas por la puerta de la cocina para jugar un rato en el jardín, cuando desde la sala de estar escucho a mi padre decir a mi madre, algo sobre el matrimonio del hijo de uno de sus pacientes. No alcancé a entender bien la conversación, sin embargo lo que si escuche claro, fue a mi padre decir —en cambio tu no supiste engendrar a un hijo que mantenga el linaje de mi apellido, si no que pariste a una mocosa que no solo es un estorbo, al que hay que alimentar y encontrar quien se quiera casar con ella, si no que además, no continuará el apellido de mi familia—. En ese momento sentí como un cuchillo entraba por mi pecho y me desgarraba hasta el abdomen. Mi madre se tapó la cara y comenzó a llorar. Mi padre con esa frialdad que lo caracterizaba, la misma frialdad que sembró en mi interior y que me congela hasta hoy, solo se limitó a mirarla con desdén y decirle —Será mejor que te aplique la dosis de siempre y vuelvas a dormirte tardes enteras que es para lo que sirves—. Supongo que esas dosis que le proporcionaba mi padre, era algún medicamento que la ayudaban a descansar días tras día, hasta que desgraciadamente de un momento a otro ya no despertó más. Y así me dejó con él, con el frío invierno que era mi padre.

Pasaron los años, y al fin pude darle algo de satisfacción a mi padre, casándome y dejando de ser su eterno lamento. Hizo un buen negocio, ya que el hombre que fue mi esposo no era de anhelar grandes riquezas, y quedó más que satisfecho con la humilde dote que le ofreció para desposarme. 

No volví a saber de mi padre, hasta que recibí una nota de uno de sus amigos informandome que había muerto. Lo poco y nada que tenía de dinero, se lo gastó en licor y mujeres, dejando como herencia un manojo de recetas médicas, jeringas vacías y frascos de morfina, supongo que los mismos frascos que inyectaba a mi madre, ese líquido adormecedor que la sacaba de la realidad aunque sea por un par de horas, y que un dia ya no la dejaron despertar. Cuando pienso en los consejos de mi madre, me parece todo paradójico, o más bien cruel, porque después que conseguí esposo, nunca tuve que comportarme como ella me decía. Me casé con un hombre que sí me consideraba, pedía mi opinión, me dejaba tomar decisiones, para él yo era su compañera y no solo un recipiente que otorga vida, sin embargo, el destino fue el real villano en esta historia, porque jamás pidió mi opinión, ni me consideró, simplemente se lo llevó sin dejarlo siquiera despedirse, dejándome en el desierto que es mi mundo hoy, a pesar de tener conmigo las luces de aquellas luciérnagas de cuatro patas.

El sueño me comenzaba a abrazar, cuando escucho el ruido de las ratas. —¡Pobres! Ellas también quieren conseguir algo de comer—, sin embargo, lo más probable es que terminen siendo la cena de las trampas con ojos amarillos. Me pregunto si más tarde, en la noche ¿me tocará a mi ser la rata? Esa que debe buscar comida y esquivar a las trampas vivas, esas que no maúllan, que solo atrapan, castigan y depredan solo porque sí.

  La noche siguiente llegué a la cervecería y no ví a Mery, ella no suele llegar tarde. Le pregunto a Thomas si la ha visto, rápido me responde que no —¿Es raro no Berenice? , Mery siempre pasa por aquí a las 8 en punto, y me extraña que siendo las 9 y 30 todavía no aparezca,  mas sabiendo los asesinatos que han ocurrido en los últimos meses en las calles de Capilla Blanca—.

Capilla Blanca se encuentra al oeste del distrito londinense, es un barrio pobre, sucio y maloliente, lleno de bares, burdeles, y de inmigrantes, donde algunos hombres se ganan la vida trabajando en mataderos y muelles, mientras que otros solo delinquen. Las mujeres se prostituyen, es de las pocas opciones que les queda, sin educación, sin tener quien las mantenga, de algún modo deben comer y conseguir algunas monedas para alquilar un cuarto de mala muerte, donde descansar y protegerse del frío. Muchas de ellas tienen niños, de los cuales y sobre todo las niñas, también son prostituidas por un trozo de pan. Todo esto es una contraposición muy marcada al Londres victoriano donde solía vivir antes de perder lo que era mi vida, antes de perder a los que creo me amaban.

—Siéntate Berenice— me dice Thomas, —Te serviré algo caliente antes de que comience tu turno—. Aunque no es la hora del té, acepto la propuesta. Thomas seca sus manos húmedas de licor en su delantal blanco y mientras me prepara un té, lo observo. Su cabello rizado, sus ojos pardos, su piel pálida, y esa sonrisa que hace al tiempo detenerse. Mientras bebo, sigo pensando en Mery, tal vez tuvo más clientes que otros días, por eso no alcanzó a pasar por su vaso de ginebra como lo hace habitualmente para anestesiar en cierta forma el dolor del trabajo que le toca. —Es más fácil cuando te adormeces el alma Berenice— contesta Mery cuando le digo que no beba tanto. Luego deja su vaso vacío manchado de lápiz labial rojo sobre la barra, saca de su bolso bordado, su espejo y su peine con los que retoca su hermoso cabello de oro y su peinado mal hecho, para marcharse y perderse en la oscuridad de los callejones, cuya luz tenue de las antorcha apenas guían el camino.

En la mitad de mi turno, cerca de las tres de la madrugada, se escucha el sonido incesante de un silbato. No cabe duda que lo están tocando a todo pulmón, segundos despúes pasan corriendo un par de policías sujetando sus sombreros negros con una mano y sus garrotes con la otra. —¡Dios mío! Otra vez un asesinato, estoy seguro, el diablo recorre los callejones de Capilla Blanca, lo sé— exclamó uno de los borrachos que se encontraban en la cervecería esa madrugada. Un silencio lúgubre cubrió el ambiente. Miré a mi alrededor para buscar a Thomas y no lo encontré, a los minutos lo veo entrar más pálido que de costumbre, mirándome fijo me dice —Berenice, es horrible, pasó algo espantoso, lo siento— en ese instante todo se volvió negro, no podía respirar. —¡Mery!— Exclamé. Thomas solo se limitó a afirmar con la cabeza. Mi mundo tembló. Tantas veces deseando la muerte, y cuando la tengo cerca solo quiero escapar de ella.

Han pasado algunas semanas desde la muerte de Mery. Thomas me ha estado acompañando desde entonces todas las madrugadas de regreso al albergue. Nos hemos acercado mucho y al parecer estoy sintiendo algo por él. No me cabe duda que él también siente algo por mi, y estoy feliz porque cada vez me siento menos sola.

De tantas caminatas y conversaciones que teníamos de camino al albergue, un día le comenté lo de mis amigas ratas que merodean en busca de comida dentro del cuarto, y de la pena que no puedo evitar sentir, ya que muchas de ellas no alcanzan a escabullirse y son atrapadas por mis peludas y bigotonas trampas. Sin más, Thomas me responde con una pregunta —¿sabías que las ratas de tamaño medio, son capaces de introducirse por huecos del tamaño de un penique?— aturdida por su comentario, solo lo miraba sin responder. Thomas continuaba —¿y cómo es posible que logren ascender por las tuberías si se llenan de agua?, pues la respuesta es simple. Estos roedores son capaces de aguantar la respiración hasta tres minutos— Me pareció interesante el comentario mas no entendí mucho si venía o no al caso. 

Siempre tuve la convicción de que podía estar sola, sobrevivir sin más ayuda y aun así llevar una vida. La historia de mi soledad física comienza con la muerte de mi madre, la soledad espiritual comenzó mucho antes de eso, con la indiferencia de ella sumada a la frialdad de mi padre, luego desaparece con la llegada de mi esposo, el cual al poco tiempo se va, devolviendo a mi vida a la vieja compañera. Conforme pasa el tiempo, el desierto en el que se convierte mi mundo me da a entender que esa vieja amiga pesa más de lo que parece, pesa hasta tal punto que comienza a quitarme el aire, me deprime, me sumerge en una habitación oscura donde jamás entra la luz, porque no llega luz al alma si no la dejas pasar, y la soledad está ahí, bloqueando cualquier grieta por donde pueda adentrarse.

Cuando por fin comienzan a haber destellos, cuando dejo atrás los recuerdos de todos aquellos que se fueron, que me dejaron y jamás me prestaron atención, aparece él, que no sólo encendió la mecha de la vela de mi habitación oscura, si no que hizo que la leña de la chimenea calentara, porque no solamente me miró, sino que también me vio. Y me vio hasta tal punto, que al contemplar dentro de mi, supo que siempre me sentí víctima, que en realidad nunca fuí la mujer fuerte que aparentaba ser, más bien una niña herida, ignorada, creyendo muchas veces que no era amada por ninguno de sus padres, porque en el fondo siempre he estado sola, y es ahí, cuando abro la puerta para que entre el verdadero enemigo. No es precisamente la soledad, si no el verdadero depredador. Me convierto en la rata.  No hay luz de luciérnagas en sus ojos, sino oscuridad. Él decide terminar con lo que tanto anhelé terminar. 

Desde la muerte de Mery que no ocurrieron más asesinatos en Capilla Blanca, hasta ahora. Con mis ojos nublados de lagrimas, veo como los ojos amarillos, esa lucesitas al final del tunel me miran desde un ricón y se apagan lentamente hasta desaparecer. La presión en mi cuello no me permitió aguantar la respiración por tres minutos. Tampoco pude introducirme por huecos del tamaño de un penique para escapar. La noche en la que Thomas me acompañó por última vez a mi albergue y sin preguntar, decidió terminar con mis últimos destellos de vida. Thomas, el depredador de ojos vacíos de Capilla Blanca.


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